A lo largo de nuestra vida, los adultos nos topamos con situaciones novedosas para las cuales no tenemos unas pautas de comportamiento definidas o bien ensayadas, por ejemplo, una entrevista de trabajo, una conversación en el extranjero o una primera cita con alguien a quien aún no conocemos. Cuando esto ocurre, una respuesta muy habitual, e inteligente, para adaptarnos es mantenernos expectantes y cautos, y esperar a que aparezca una referencia que nos dé pistas sobre cómo manejar la situación. Si bien esto sucede pese a que los adultos hemos desarrollado ya determinadas estrategias y contamos con diversos recursos, es lógico pensar que un niño o niña, aún sin los mismos, experimente la misma sensación de “no estar preparado/a” en mayor grado.

Esto nos lleva a hablar de la timidez. Muchas veces, vemos esta misma conducta de cautela en los niños y pensamos que son retraídos o incluso que presentan problemas a la hora de sociabilizar con otros peques. Sin embargo, lo primero que hay que saber es que la timidez no es un rasgo de personalidad con el que el niño o la niña nazca, sino que es una estrategia natural de adaptación a un medio novedoso que les hace sentir inseguros, nunca un defecto innato o una patología. Es cierto que los peques se diferencian en tener un temperamento más o menos extrovertido, pero que un niño sea introvertido no implica necesariamente que se muestre habitualmente tímido, y tampoco sucede a la inversa. Los estereotipos adultos juegan un papel crucial en este pensamiento: acostumbramos a concebir que un niño debe ser muy activo, imaginativo, espontáneo y poco pudoroso. Pero la realidad es que igual que hay niños/as que prefieren actividades más sosegadas como dibujar a jugar un partido de fútbol, los hay que prefieren no pronunciarse tan asiduamente en grupo como otros.

Es cierto que la iniciativa del niño por relacionarse es algo deseable, pero debe tranquilizarnos saber que aprender a “soltarse” en situaciones sociales es parte de su desarrollo social. Cuando el niño reconoce una situación como conocida (por ejemplo, las clases) se siente en la confianza de probar nuevas estrategias más prosociales (comenzar la interacción con otro niño, compartir los juguetes, abrazar a los profesores, etc). Si obtiene de esa estrategia un beneficio (por ejemplo, ve que los adultos y otros niños responden a su iniciativa jugando con ellos), volverá a ponerla en práctica más adelante, y así, como en una cadena, el niño aprenderá que es inofensivo y divertido mostrarse abierto con los demás.

Como resumen, es importante no alarmarse porque nuestro peque se muestre tímido en algunas situaciones: recordemos que es algo adaptativo e inteligente que, si todo marcha bien, irá evolucionando. Como padres, madres y profes, sobre todo si nuestros peques son más introvertidos, lo mejor que podemos hacer es gratificarlos cada vez que prueben a interactuar con otros (siempre con halagos, sonrisas y tonos cálidos) y nunca censurar esta iniciativa. Esta gratificación, junto a la recompensa implícita de hacer nuevos amigos, les enseñará que es algo positivo.

Por último, no hay que olvidar que el ser humano tiende naturalmente a querer relacionarse con otros y que es una conducta que en mayor o menor grado, más tarde o más temprano, acabará por establecerse reportando al peque mucha satisfacción. 

 

Bárbara Giménez